Las nuevas generaciones de colombianos que han seguido -aun cuando poco les interesa- las peripecias de los últimos meses sobre políticos que van de un lado a otro, sin ruborizarse, pueden pensar que es un fenómeno nuevo en la política colombiana.
Lamentablemente la traición, el oportunismo y el ocultamiento de propósito, no han sido extraños al acaecer político nacional.
Sin remontarnos a las decepciones del Libertador por las traiciones de la mayoría a quienes había hecho generales, secretarios de Estado y hasta hombres ricos, y que luego le causaran tantos dolores en el alma, basta recordar episodios relativamente más recientes. Cuentan los cronistas, que cuando el liberalismo recuperó el poder en 1930, el conservatismo mantuvo alguna mayoría en el Congreso. Al presidente Olaya, recién elegido, se le dijo que había que ‘voltear’ a algunos conservadores y cuando fueron a darle el reporte de que los tránsfugas le habían cumplido al Gobierno, exclamó un poco extrañado: “que traidores tan leales”.
El general Rojas Pinilla derroca mediante golpe militar al Gobierno de Laureano Gómez. Funcionarios de este último -incluido un ministro- pasaron tranquilamente del Gobierno civil al militar.
Muchos ministros y funcionarios de la llamada dictadura (a pesar de que el maestro Echandía la había calificado en sus comienzos de golpe de opinión), lo fueron luego del Frente Nacional, que se formó para tumbar al general Rojas Pinilla, el 10 de mayo de 1957. Carlos Lleras Restrepo nunca perdonó al patricio liberal Abelardo Forero, el haber sido embajador de Rojas en Argentina y no le gustó que años después, Misael Pastrana lo nombrara ministro de Gobierno, en noviembre de 1970.
En 1998, el Partido Liberal pierde la Presidencia frente a Andrés Pastrana, pero conserva las mayorías en el Congreso. Sin embargo, un grupo de liberales que se hacían llamar de la ‘Gran Alianza por el Cambio’ terminaron armando una mayoría artificial que permitió que en julio de ese año, se eligiera como presidente del Congreso a Fabio Valencia, puesto que en una democracia seria le correspondía al Partido Liberal. Ya antes, ministros de la administración Samper habían hecho cómodo tránsito al Gobierno de Pastrana.
Varios ’servidores’ de Pastrana, pasaron sin romperse ni mancharse al Gobierno de la Seguridad Democrática.
Todos estos casos nos demuestran cuán distantes estamos de tener una democracia de verdad. Las democracias sólidas, tienen partidos serios y allí el transfuguismo se castiga. Aquí se premia.
Basta con repasar la pequeña biografía de algunos de los actuales protagonistas de la vida pública, que sin romperse ni mancharse, han pasado de Samper a Pastrana, de éste al uribismo, y luego al antiuribismo. Aquí la falta de memoria colectiva ayuda a que esas cosas pasen.
Recuerdo que hace algunos años, dos concejalas de Madrid, pasaron del Partido Socialista Obrero español al Partido Popular. Eso se consideró un escándalo y produjo un terremoto político nacional. A las dos pobres mujeres comenzaron a llamarlas en los cines, restaurantes y sitios públicos, ‘las tránsfugas’. Para que no las identificaran tuvieron que comenzar a usar pelucas.
A veces pienso que si eso ocurriera en Colombia, impulsaría la economía por la gran demanda de pelucas.
La realidad es que si el hecho hubiere ocurrido en nuestro país, las dos concejalas no hubiesen tenido tantas vicisitudes y hoy, bien podrían estar disputando candidaturas presidenciales. Siempre es que hay diferencia entre tener partidos de verdad y simples siglas electorales sin ningún contenido ideológico.
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